domingo, 2 de mayo de 2010

Mi amigo "Culto"

Ocho y cinco de la mañana, aún sigo despegando mis ojos del letargo de las mañanas, sigo en su asiento y frente a su computador, sigo escondido detrás de su estrado sin que nadie sepa donde estoy porque su oficina esta alejada del mundo, aún no llega porque sencillamente la puntualidad no es su virtud, porque las horas se le mezclan, porque el tráfico es espantoso, porque le da pereza, porque ya su tiempo acá lo ve extinguirse, porque la motivación se perdió junto con el invierno del año pasado y muchos kilos de la gorda que era su jefa.

No recuerdo el día en el que el paradero algo alejado de su oficina comenzó a ser recurrente, no recuerdo cuando su escritorio se convirtió en mi preferido confesionario laico, porque Javier no es católico, es un agnóstico algo extraño que sabe que hay una divinidad en algún punto, quizás le quede ese pequeña llama celestial por lo que le dejó su madre, no llegué a conocerla pero la retrataba tan bien en las conversaciones a la hora del almuerzo, la retrataba con un sentimiento descomunal, me gustaba como hablaba de ella porque me hacia recordar a mi madre y me daba escalofríos pensar que, como él, en algún momento tendré su ausencia. Creo ser parecido a él, un agnóstico que por algún lugar de su alma aún queda un lugar pio.

Aunque los muebles están ausentes sigo viendo la figura de mi amigo, en su pensativo y reflexivo caminar, con sus lentes de montura gruesa que no dejaban notar lo rasgado de sus ojos, una melena que no sucumbirá al paso de los años y que deseaba crecer rebelde pero él se lo impide por los parámetros de esta chamba. Aún quedan en el cumulo de libros las sabias palabras de mi amigo, que sabía qué decir, sabía cómo decirlo y cómo expresarlo, me hablaba de amores, de desamores, de literatura, de política, de religión y compartía conmigo el cariño a la camiseta blanca y azul.

Son las ocho y veinte de la mañana, ya es hora que llegue, me retiro de su asiento, porque el asiento es suyo y seguirá siendo así, porque los libros tiene su nombre tácito al costado de los pinches códigos que tanto le hinchaban las pelotas poner, porque los estantes ya quedaron grabados por su paso, porque creo que los lugares siempre se etiquetan por el nombre de la persona que dejó algo, poco o mucho, pero dejó, en el caso de mi amigo, me dejó mucho, por las conversaciones, los libros, nuestros escritos, los temas de conversación que podían extenderse sin limite.

Ya son las diez de la mañana y recuerdo que ya no llegara tarde, sencillamente ya no le toca regresar, el silbido tonto no tiene una respuesta tonta, no tiene el eco que él produce, mi silbido ya no tiene una respuesta, pero me queda el recuerdo de Javier “El Culto” un amigo que espero no desfallezca con el pasar del tiempo, porque siempre me pasó lo mismo con mis demás compañeros de anteriores trabajos, su amistad se diluye, se esfuma, solo quedan en el recuerdo, sigo creyendo que él será la excepción y que coincidiremos en el Superba un bar que conocí gracias a él, un bar de antaño que me agrada, porque ambos somos de bares, de cerveza, de momentos, de situaciones, de parlamentos junto a una mesa de madera y a una botella de cerveza. Si me toca creer que algo falla en mi vida espero que él haga lo mismo que hizo, dejar todo y venirse a tomar una cerveza conmigo y conversar sobre corazones rotos y oportunidades, porque aunque siempre me parece muy calculador, sé que también se ilusiona y se enamora como yo, sin medir y sin pensar.

Si no toca vernos mucho, espero tener en mi estante un libro que diga Javier S y que tenga en su primera pagina su firma.

Siempre me cohibí en enseñarle mis escritos, porque los creo liliputienses al lado de los suyos, pero ahí te dejó este, que creo esta a la altura.