viernes, 3 de junio de 2011

Los hijos de Breña- 1

Me imagino que muchos distritos modernos carecen de personajes de barrio, de esquina, personajes enigmáticos, estrafalarios, que comparten contigo el caminar por las mimas calles y que de un momento a otros desaparecen. Mi barrio, aunque tenga la etiqueta de peligroso aprendí a quererlo, aquí crecí y por sus calles han pasado personajes que siempre seguirán en la retina de quienes vivimos cada minuto en las calles del viejo Breña.

El Vaquero. Siempre lo veíamos con un andar lento y pausado, con un mondadientes en la boca, con sus piernas de alicate, botas bastante antiguas, jean negro gastado, un camisa desbotonada en la parte del pecho y un sombrero negro antiguo. Nunca supimos a ciencia cierta qué era lo que hacía, si tenía algún oficio, si tenía familiares, o cual era su apellido, lo cierto era que tenía una pinta de haber sido sacado de los cuentos de vaqueros, de esos pequeños libros de vaqueros de ESTEFANIA que mi viejo lee desde que tengo uso de razón. Siempre creímos que por algún lado había dejado olvidado su caballo que era lo único que le faltaba para ser un verdadero caowboy. El vaquero era todo un personaje, lo veía caminar por el mercado de mi barrio o parado en una esquina apoyadondose en la pared con una mirada adusta sin un atisbo de sonrisa, como sintiendo que ese era su territorio, que era su campo de batalla. Sentía en su mirada que sin ser nada lo podía todo, que todo lo tenía calculado, medido, que sabía cómo hacerlo, y que no tenía miedo a nada ni a nadie. A veces se le extraña al vaquero por las calles antiguas de Breña, de un día a otro desapareció, creo que su decadencia tuvo que ver con la droga, pero son solo conjeturas, lo que es cierto es que se fue, desapareció y dejó con su paso varias historias al fiel estilo del viejo oeste.


La Loca Madona. Era una chica que pasaba por mi barrio, caminaba por el medio de la pista y cantaba y hablaba con la nada, a veces se ponía violenta y nos perseguía cuando jugábamos futbol en la pista, pero muchas otras veces éramos nosotros quienes la perseguíamos y hostigábamos para que ella reaccionara. Nos perseguía por varias cuadras gritando y corríamos un tanto asustados y con mucha adrenalina. No sé quien le puso Madona, pero su apodo se debía a que todos los días venia con un color diferente de cabello, rojo, amarillo, rubio, negro, etc. Lo que sucedía es que la Loca Madona, siempre pasaba por la casa del pueblo del APRA, donde daban clase de corte y pintado de cabello, y los nuevos aprendices la agarraban de conejillo de indias y pintaban su cabellera que poco a poco se debilitaba con todos los químicos que le metían. Con el paso de los días veíamos su cabello más esponjoso y revuelto, con su jean sucio y roto, un polo grande que dejaba notar un lado de su hombro desnudo. Cuando pasaba un señor, ella bajaba mas su polo y descubría mas su hombro y lo coqueteaba, lo miraba con ojos de locura creyéndose la mas sexi de todo la estratosfera, el señor reía y nosotros también. La Loca Madonna desapareció, ya no la veíamos por las calles, ya no la escuchábamos gritar, ni coquetear, no supimos nunca más de ella, espero se haya regenerado, y haya recuperado la finura de su cabello, que por ahí me contaron fue de un castaño envidiable.


El tío de la bicicleta. Era un viejo con los ojos rasgados, no sé qué descendencia era, japonesa, coreana o china, pero como todo buen oriental tenía esa costumbre sana y buena de ir para todo lado con su bicicleta. Nada tendría de raro ver a un señor manejar bicicleta, pero este tío era bastante estrafalario, sumado a su aspecto era todo un caso que sirvió para que la televisión hiciera reportajes bastante simpáticos. Era un viejito que bordeaba los ochenta años más o menos, con una barba blanca muy grande que le llegaba al pecho, bastante flaco y con una estatura bastante moderada tirando para abajo. Su bicicleta era un espectáculo, llevaba miles de bandera por todo el timón, barios estickers pegados, espejos retrovisor, y varias chucherías más que hacían que la bicicleta parezca una valija en donde se llevaría todo lo impensado. A todo esto se le sumaba la simpatía que desbordaba el viejito y las piruetas que hacía sobre la bicicleta, eran simples pero se veían superlativas por la avanzada edad del chinito, tendría sus ochenta y picos años y lo veías pararse en el asiento, estirar sus piernas, pararse de en el tubo, etc., mientras su vehículo lo transportaba. El viejito murió obviamente, pero nunca supimos ni cómo ni cuándo.


Los viejitos Peluqueros. Al frente de mi colegio se encontraba una peluquería que por años y años no se movió, una barbería de aquellas antiguas, esas donde sacaban filo a la navaja con una faja de cuero y veías atemorizado como el peluquero hacia ir y venir a la navaja por toda la faja de cuero. Desde que lo recuerdo, los que siempre cortaron ahí el pelo fueron viejos, es por ello que todo el barrio los conocía como “los viejitos”. Antes no había tantos centro de belleza como ahora inundan mi distrito, es por ello que “los viejitos” se hicieron muy conocidos. Mi padre alguna vez me llevó donde esos tíos, era un cuarto de cuatro paredes, nada sofisticado como ahora son los centros de belleza. Todo estaba pintado de blanco, sin mas ni mas, algunos cuadros por acá, nada de caritas medio cabronas de modelitos de medio pelo, nada de modelos súper fashion, nada de eso, eran cuadros de sus diplomas de peluqueros y un cuadro del corazón de Jesús, nada más, para qué más. No había ese recarga de espejos que suele haber en los hoy modernos centros de bellezas, ese juego mágico de espejos que suele haber, los “viejitos” solo tenían espejo delante de las sillas donde los clientes nos sentábamos, para que más. Conforme avanzaba el distrito comenzaron a abundar los centros de belleza cada vez más sofisticados, con mayores arreglos, luces más potentes, espejos por doquier, mejores servicios etc., la peluquería de los viejitos fue decayendo fue quedando en el olvido, solo entraban gente fiel de avanzados años, nadie más. Ahora ya no están en su mismo sitio de siempre, de acuerdo a lo que dice el letrero se han mudado a otra calle pero han dejado ese lugar lleno de recuerdos y con esa imagen de una peluquería de antaño que nunca se olvidará.

La Chuchi. Apodo que le pusimos a una mujer con atuendos bastantes despampanantes y descarados que deambulaba por la calle. Nunca supimos su nombre, solo le decíamos la chuchi. Era una mujer alta, piel bastante blanca, rubia al pomo, delgada y que paraba siempre con minis y tacos altísimos mostrando sus refinadas y largas piernas. Poco tardamos en darnos cuenta que la señorita en cuestión era una mujer que prodigaba placer a todo hombre por un monto de dinero. Siempre la veíamos de la mano de un caballero, en ocasiones presentable, otras ocasiones un tipo bastante venido a menos, así que no sabíamos si era una puta de alto vuelo, mediano vuelo o al ras del piso. Creo que ella se desenvolvía por donde más le atraía, sea en el barrio más peligroso o en alguna otra calle mas acomodada. La vida tan rápida y desenfrenada que tuvo le pasó factura y cada año “La Chuchi” se decaía, ya su fino maquillaje se veía bastante corrido, el rimer se discurría por todo su rostro dando una imagen macabra cada vez que la veíamos en su caminar de ambulante por los calles aledañas al parque Echenique. Su delgada figura fue tomando un volumen mayor, su rostro fue desquebrajándose, sus vestimentas cada vez más antiguas, rotas y poco a poco se fue alejando de las calles. Hace poco caminando con un amigo me señala a su señora gorda, con un buso ancho y polo desteñido, cabellera rubia combinado con negra y con zapatillas, “mira tio ahí está la Chuchi” su imagen distaba tanto a la imagen de la dama de compañía espigada y caminante que veíamos, solo dijimos, para ella lo años no le fueron nada benévolos.


Continuará ...


Aviso. Las fotos no necesariamente son fiel reflejo de la realidad. La primera foto es de la iglesia desamparados, la iglesia ams emblematica de mi distrito.