miércoles, 24 de agosto de 2011

La tía papa y el tío. Los hijos de breña 2.

La tía papa. Era una señora que se acercaba a los cincuenta años, tenía una masa corporal amplia, extensa y muy fofa, unos cachetes descomunales y rollos de grasa que se desprendían de su abdomen, la señora era toda una publicidad ambulante de la dejadez humana por la grasa, el buen diente y el colesterol. Religiosamente posaba su humanidad en la puerta de mi colegio a las dos en punto, la hora de salida, esperaba por nosotros, ingenuos muchachos hambrientos del trajín diario de un día. Ahí estaba ella, apoyada en un poste y con una mesita ambulante que armaba y desarmaba cuando peregrinaba de colegio en colegio, una bandeja llena de pequeñas masas de papas arrebozadas que ella hacía llamar “papa rellena”, obviamente no tenía ni un misérrimo relleno, sólo era papa con un sabor enigmáticamente agradable que acompañábamos con mayonesa y ají aguachentos que tenían la particularidad de ser un buen acompañante. El precio de la “papita rellena” como la llamábamos, era de diez céntimos, con ese precio cada uno de nosotros se arriesgaba a calmar su voraz hambre o tener un dolor de estómago de aquellos. La bautizamos como “La tía Papa”. Particularmente siempre le pedía una porción de “quina” es decir, cinco papitas servidas en una pequeña bolsa transparente, se aumentada también cremas a discreción, que en ocasiones hacían que las papas flotaran en un perfecto espectáculo gastronómico reducido en un espacio plástico.

Nunca me enfermé, gracias al divino señor. Creo que “La tía papa” hice que nuestro estómagos sean anti radiactivos, a prueba de cualquier cosa, que nada pudiera tumbarlo, estómagos fortachones ante cualquier alimento de dudosa procedencia, con “La tía papa” creamos estómagos indestructibles. Algunos amigos pedían porciones bastante generosas, de dos soles (veinte papas) que muchos de nosotros tratábamos de saquear, creando batallas campales por probar el minúsculo alimento, creo que ellos se hicieron más fuertes, más guerreros al momento de comer algún agachadito, yo creo que desde esa época al día de hoy, ninguna comida nos ha caído mal.

Luego que salí del colegio, nunca volví a probar ese fulminante potaje de “La tía papa”, y ella desapareció con el tiempo. Cuando tuve un día libre y pensando en escribir este post, fui a recorrer la salida de todos los colegios de breña para tomarle una foto y hacerle alguna pregunta, nunca la vi, la imagen de la tía ahora es un recuerdo para nosotros, el sabor de sus mal llamadas “papas rellenas” será un sabor archivado en nuestro paladar, un sabor que nunca más probaremos. “Tía papa”, donde quiera que estés, gracias por crear en nosotros un estómago a prueba de todo, porque en verdad les digo, si ninguna de sus papas nos hizo daño, nada lo hará.
“El Tío”. Simplemente así, nunca supimos su nombre o si nos dijo creo que nadie lo recuerda, pero era un tipo buena onda que se ponía en la puerta de mi colegio a vender chuchería y media, canchita en bolsa, jueguitos tontos como laberintos hechos de cartón con una pelotita minúscula que tenías que sortear a través de todo el mundo de cartón, chupetitos caseros envueltos con papel cebolla, tubitos dulces, figuritas y varias cosas más. Su puesto era una caja de cartón de leche gloria cortada a la mitad, en donde introducía estratégicamente y armónicamente todos los artículos antes mencionados para nuestro deleite. El tipo era trigueño, bastante chancado de cara, cabello oscuro desordenado, se notaba en su rostro los rezagos del licor de dudosa procedencia que ingería los fines de semana y con una risa medio pava. Lo considerábamos nuestro pata, pero un pata algo panchilo al que lo podíamos agarrar de lorna cuando quisiéramos.

Cuando salíamos de clase, ahí estaba él, siempre héroe, siempre terco, para resistir los embates de nosotros, unos chibolos palomillas que no median bromas y que tenía como particularidad sacarle uno que otro producto de su endeble puesto de cartón. El plan siempre era el mismo, mientras que tres de nosotros preguntaban cualquier cosa con tal de distraerlo el otro metía su mano entre esa aglomeración de personas y cogía una cancha, un chupetito o un jueguito y sigilosamente se retiraba. “El tío” empezó a ser más sigilosa, ya no dejaba que nos amontonemos en su pequeño establecimiento ambulante, empezó a revisarnos antes de irnos y amenazarnos. Tiempo después al ver que no podía detenernos y viendo que sus ganancias no eran las acordes, optó por frases más benévolas: “ya pe deja”, “ya pe no jodas”.

“El tío” era así, muy buena gente a veces, bastante huevonudo otras, bastante confiado, luego muy atento, pero igual creo que nos estimaba algo. Nunca supimos más de él, habrá seguido metiéndose las bombas que se metía, quizás merecidas, o quizás no, quizás esté en algún colegio de algún distrito de Lima, con ese puesto de cartón ambulante y aun acordándose de las épocas en donde sus ganancias y ventas no llegaron a buen puerto.

jueves, 4 de agosto de 2011

La base tres.

Cuando niño siempre le dije a mi madre que para mi cumpleaños quería que repartiera helados, ella me miraba sonreía y yo no entendía el porqué. Con los años me di cuenta que era un imposible, que a casi nadie se le ocurre darle un helado a un niño en esta época de julio, donde la oleada de frio se hace más inclemente y Lima se cubre de un gris más intenso. Hoy mi cumpleaños amanece con un frio inclemente una lluvia parca y tenue que con el pasar de los minutos se fue poniendo más intensa y alegrona, porque creo yo que la lluvia esconde su encanto pero esas lluvias de sierra vigorosas y corpulentas que muy de vez en cuando tenemos en nuestra gris Lima. Así amaneció mi cumple con un frio inclemente, con un hermoso invierno, porque no solo el verano es perfecto, el invierno de julio también te envuelve en un embrujo extraño. Los saludos de mis padres y mis hermanos fueron los primeros, les siguieron los saludos de mi novia y mi gran amigo Javier, amigo de mi nuevo trabajo, saludos por el face de varios amigos de todos los tiempos y llamadas de amigos de mi anterior centro laboral. Aún sigue siendo de mañana, seguiré pasándola con esta lluvia que adorna mi día de cumpleaños.

(…)

Mis primeros días de base dos siempre pensé que a mis treinta ya estaría a puertas de casarme, ya tenía casi planeado lo que pasaría con mí por entonces enamorada, nunca pensé que todo se trastocaría en un cien por ciento y daría tantas vueltas que mi vida cambiaria como un huracán, lleno de pasiones, de nuevos amores, de excitantes experiencias. Toda mi base dos fue intensa y disfrute a cada instante de lo que se me presentaba y en los finales de los veinte la nueva base tres los recibo más tranquilo, con el corazón en reposo en un amor intenso, con la satisfacción de haber pasado años buenos, con la expectativa de empezar la base tres con grandes proyectos que no desarrolle en los veinte y que si haré con la determinación de los treinta. Ya estoy en los últimos minutos de la tarde, he recibido las llamadas de grandes amigos de mi promoción, que siempre están ahí, he recibido una avalancha de saludos por el Facebook, de amigos que no frecuento hace mucho.. Ya deseo irme del trabajo y estar con mi amor, con mi familia y amigos.

(…)

Los momentos más recordados de mi vertiginosa década veinte son muchos, muchos como para recordarlos todos, pero siempre algunos quedan en la retina. El primero y que siempre quedara será el primer beso con Mónica, cuando ambos solo éramos amigos y el bullicio de la discoteca nos acompañó en ese comienzo inolvidable. Definitivamente mi graduación, momento perfecto finalizando el largo recorrido en mi universidad. Por consiguiente mi vida universitaria, momentos muy chéveres con toda la collera de publicidad. Dos viajes, a Cusco e Iquitos. En aguas calientes (Cusco) sentado con mi gran amigo Jason, en medio de una lluvia serrana escuchábamos canciones de “Los trece baladas”, con nuestros corazones algo golpeados por amores efímeros, cantábamos acompañados por el sonido de las gotas de la lluvia que golpeaban el suelo cusqueño. En Iquitos, en la fiesta de matrimonio de mi gran amigo Alex, grandes momentos de baile, diversión y canciones de mar de copas a capela al finalizar la fiesta, recordando y despidiendo al amigo que dejaba la soltería. Tomando latas de cervezas con mi gran amigo Javier en la biblioteca del colegio donde trabajábamos, caminando en la delgada línea de ser descubiertos y disfrutando de nuestro atrevimiento de no cumplir con las reglas de ese trabajo que nunca se interesó por nosotros, momento altamente recordable. Sudando en el final del campeonato de ex alumnos a la que llegamos con mucho esfuerzo, pero que no pudimos ganar, la imagen de la cancha del San Francisco Javier se viene muchas veces a mi cabeza. Muchos recuerdos de la década de los veinte, muchas cosas vividas imposibles poner en un texto, pero que fui desarrollando a los largo de este blog, muchas de las cosas que acontecieron en mi vida están plasmadas en casa post. Reviso cada texto y veo que he escrito mucho, muchas cosas contadas, historias reales y a veces ficticias, y creo que nunca dejaré de hacer esto, es mi vicio, mi forma de crear realidades, de imaginar, de revivir pasajes de mi vida, de ponerme romántico, de ponerme sarcástico, de hacer reír, de hacer llorar, es una de los pasatiempos que descubrí en este tránsito veinteañero y que creo durara mucho.

(…)

En la noche los amigos llegaron, bebimos unas botellas de cerveza y comimos un rico potaje preparados por las manos mágicas de mi madre. Ya las reuniones por mi cumpleaños carecen de ese quórum que antes tenían, de luces sicodélicas, de humo, de chicos que no conocía, del bullicio, más bien se acercan más a un dialogo con amigos de antaño que siempre estarán ahí y escuchando los vasos de cerveza trinar en un salud eterno. Las cosas me van muy bien entrada a los treinta y creo que se pondrán mucho mejor. Feliz cumpleaños a mí. Gracias a todos, por más años acá en mi blog y otro año de muchos saludos.