domingo, 22 de septiembre de 2013

Rita la belle

Rita mira a los muchachos sentados alrededor de la mesa, ellos ríen y beben el licor que seguramente durará toda la noche. Tony, Gustavo, Renato, y Luis son amigos de toda la vida, crecieron jugando en el parque que los reunía todas las tardes, ahora alrededor de una mesa beben el licor que va y viene de un lado a otro, acompañados de la mujer que alguna vez estuvo con cada uno de ellos.

Rita siente cierta excitación de ver a aquellos chicos que en algún momento la desearon morbosamente. Sabe muy bien que no es muy guapa, pero siente cierta satisfacción de que aquellos muchachos, que se creen más bellos que ella, cayeran en sus redes, eso la dota de cierto poder, siente una sensación justo en la boca del estómago que fluye y acaba en la punta de sus pies. Ciertamente ella los escogió, ella quiso tenerlos, no al contrario, como seguramente presumen. Sabe muy bien que la tratan de puta, de perra, pero esboza una sonrisa maliciosa, porque ellos fueron más perros cuando la galopaban y recuerda como babeaban al momento de llegar.

Ellos hablan con soltura, Tony se aventura a preguntar, - dinos Rita, ¿Quien la tiene más grande?- tiene cierta obsesión sobre eso, Rita los mira haciendo un paneo por su rostros, luego responde – pues Renato- . Renato saca pecho, se siente el más macho de los machos, y mira por encima del hombro a sus amigos, “tengo el mimbro más grande” se repite en su cabeza, sus amigos lo desacreditan, pero ha hablado la mujer que los ha tenido y la autoridad la tiene ella.

Rita recuerda la vez que estuvo con Renato, fue en casa de Luis, en una de aquellas noches donde el licor y la hierba abundaban. Luego de mucho desenfreno ella se dirige al baño, al instante Renato la sigue y arremete con desesperación sobre ella, la puso de espaldas y ahí fue que lo sintió por primera vez -sin duda era el más grande-. Rita salió del baño algo adolorida con Renato visiblemente cansado de aquel batallar.

Tony llevaba la batuta de aquella reunión. Le volvió a preguntar - ¿Con quién fue que disfrutaste más?-, ella volvió a pensar y declaró con firmeza  -¡Con Roberto!- justo Roberto no pudo ir a aquella reunión en la casa de Tony y un asiento sobraba en aquella mesa. Quedaron sorprendidos, cada uno se creía absolutamente capaz de ser elegido, cada uno recordaba los gritos frenéticos de Rita. La siguiente pregunta cayó de madura  - ¿Y por qué Roberto?-  ella replica, -porque me ha besado todita-  ellos rieron sin contenerse, rieron sin medirlo, ella los miraba y sólo le quedó reír sin saber muy bien la razón.

Era sencillo, la manada de amigos creyó a Roberto el más idiota, creían firmemente que Rita era una mujer solo para poseer, sin rituales cursis de besos o abrazos, “esa perra solo sirve para cachar” eran las palabras más habituales de Luis, en realidad no había conversación en las que él no pronunciara “perra” o “cachar”.

Rita recordó aquella vez con Roberto. Ese día tomaban licor en la puerta de su casa junto a los demás chicos y de pronto sintió la mano de Roberto apretarle con fuerza la muñeca y arrastrarla rápidamente hacia su cuarto. Esa  desesperación con la que Roberto la desnudaba la excitó mucho más. Cuando se halló desnuda Roberto se dejó llevar y empezó a besarla de pies a cabeza, deteniéndose minuciosamente en las zonas que le procuraban más placer. Ella se sintió más deseada, ninguno de sus amigos le había hecho eso, ninguno ni si quiera se aproximó a besarla en la baja zona de su vientre, pero Roberto, - ¡Ay Roberto! - decía ella,  - ¡Sigue ahí! - . Él hizo lo que quizás estaba prohibido por sus amigos, ungió con sus labios el cuerpo de Rita para luego consumar el hecho. Rita quedó satisfecha como quizás nunca quedó con los otros, por eso lo escogía claramente y sin duda, para ella era el mejor.

En la mesa siguieron riendo, nadie concebía tal acto desprendido de Roberto, nadie había siquiera besado a Rita. Ella recibió las burlas sin inmutarse, ¿Por qué? ¿Para qué? No tenía sentido, eran solamente un grupo de muchachos arrebatados por el sexo y el licor que solo sabían hablar de sexo...los pobres.

La reunión llegaba a su fin con la luz del cielo despejado, Rita salió de la casa de Tony, esta vez no se acostó con ninguno y dejó tirados a los cuatro muchachos que aún no despertaban del letargo del licor.

(…)

Tú estás loco, yo nunca hice eso, tú crees que voy a besar a esa perra – vociferaba Roberto en la esquina de la cuadra donde se reunió días después con sus amigos. Ellos reían y se burlaban de lo que Rita les había dicho, de la verdadera razón por la que lo había escogido, - nadie habría hecho eso con ella, tú eres enfermo -. Siempre lo negó, nunca aceptó que esa noche, poseyó de todas las formas a Rita y no de la forma salvaje con la que sus amigos la habían hecho suya. Dentro de él una idea iba y venía, - fue el mejor polvo de mi vida – pero no lo diría, en el círculo de sus amigos la regla número uno era no quedar mal, había un marcado sentido de cuidar la imagen personal o de los que ellos creían que era eso.

(…)


- Ya me cansé de ellos, ya me canse de seguir deambulando y escuchar sus tontas conversaciones, de que me sigan llamando, pero esto es algo adictivo, me encanta sentir que puedo con todos, pero creo que ya debe acabar – el celular de Rita timbra un par de veces – Alo – Hola Rita soy Roberto.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Recuerdos imborrables

La Señora se sienta cómodamente en el sillón que se deteriora con el tiempo, tiene la mirada fija sobre la tenue luz de la mañana que entra por la rendija de la ventana del balcón. Atrás quedaron esos días en que despertaba al lado de su esposo y disfrutaba junto a él y sus hijos de lo cálido de un desayuno. Quedaron en el olvido los días en que salía rápidamente de su casa hacia el trabajo, cuidadosamente peinada con el cabello hacia atrás, sobriamente maquillada, con una falda que le llegaban a la rodilla y una blusa blanca impecable.

Su mirada no se aparta de aquella luz, son un poco más de las seis de la mañana y Sara, su hija, entra a su habitación. Llega con una bandeja roja, provista de una taza con chocolate, panes con mermelada de fresa y dos pastillas azules. La ayuda a comer con delicadeza, le acerca con cuidado la taza y el olor a chocolate de impregna en la habitación, aquel olor que años atrás se extendía por el salón de su trabajo y que siempre tomaba para comenzar bien la mañana. En seguida su hija le da las pastillas que la mantienen en la realidad, las causantes que aún sepa dónde está y quién es su familia. Deja el periódico en la mesa de noche, justo al costado de la foto de su padre, aun le duele su ausencia, -ya cuatro años de tu muerte papá - y sale de la habitación. La Señora lentamente recoge el diario y en primera plana esta la imagen del nuevo Papa, con una tierna sonrisa y sotana blanca saludando a todos los católicos que se dieron cita en el Vaticano. La imagen es acompañada de un gran titular, Habemus Papam. Recuerda con mucho esfuerzo aquella sotana blanca, recuerda haberla visto en algún lugar, trata de acordarse pero desiste a los minutos. Definitivamente ya olvidó cuando el cura José entraba todas las mañanas a su salón y conversaba con ella unos minutos para luego darle la bendición - Dios te bendiga hija, que tengas un buen día, ya me retiro, ya llegan tus angelitos -.

Mira fijamente la imagen del Papa, luego de un rato ya resignada al recuerdo voltea la página, sigue leyendo las demás noticias, ríe ligeramente con la sección de amenidades y deja caer el diario a un lado del sillón. Apoyándose y con dificultad logra ponerse de pie, su esbelta y regordete figura de antaño ha desaparecido, ha bajado bastantes kilos y su cabello ahora luce desordenado. Se dirige a su balcón, abre las ventanas, la luz del sol le fastidia un poco la visión y pasado unos segundos distingue la calle. Observa carros estacionados al costado de la acera, gente ir y venir, nadie la ve y se imagina invisible, le gusta juguetear con esa posibilidad, pero el juego termina cuando se da cuenta que dos muchachos que cruzan su calle la miran con detenimiento.

(…)

¿Crees que nos reconozca? – No creo, desde que perdió parcialmente la memoria el día que falleció su esposo ya no recuerda a la gente del colegio, ni siquiera al Padre Director José que era su gran amigo. – Si pues - Aunque cuando paso por acá creo que nos mira, quizás recuerde algo ¿no? – Es probable, algo se debe acordar, pero igual, creo que deberíamos saludarla.

Ellos se acercan al balcón donde se encuentra la Señora apoyada de la baranda y algo asustada los mira fijamente. Ya han pasado varios años desde que dejaron los salones de primaria, pero aun la recuerdan, como olvidar a la profesora. - Buenos días señorita -.

La Señora solo les sonríe.