martes, 24 de febrero de 2015

El Patrón

El Patrón era así, algo descuidado al momento de meterse la camisa dentro del pantalón, dejándola desparramada por un lado y otro. Tenía una serie de tics, cogía y tiraba de un mechón izquierdo del cabello cuando pensaba en algo por más de treinta segundos, cuando por algún motivo algo daba vueltas por la testa. Hiperactivo, caminando por todo el rancho, yendo de un establo a otro, tenía la necesidad de saberlo todo, quería verlo todo, ese eran su afán, quería saber todo lo que él dirigía, a veces quería saber más allá de los que le correspondía, saber de las personas que trabajaban para él, si algunas de ellas tenía un enredo amoroso, si el capataz se revolcaba con la mucama, si la mucama sacaba los pies del plato, si la lechera tetona era de cascos ligeros y si podría entrarle ahí, quería saberlo no para botarlos sino con el fin de aplacar el morbo que a veces le carcomía el cerebro y lo ponía nervioso.

En su biblioteca tenía tantos libros del comunismo que fácilmente llenaban estantes, libros sobre la igualdad de derechos, donde se encontraban subrayadas partes sobre la no explotación de clases, la línea horizontal que marcaba a cada individuo. Cuando alguien veía esa biblioteca se preguntaba ¿donde carajo dejó todo esos conceptos?, quizás cuando heredó todas estas tierras, cuando empezó a llenar sus bolsillos de billetes verdes o cuando se compró ese carro que no necesitaba ser encerado para que brille como lo hacía.  

El hecho es que EL Patrón había mandado todo la memoria de estos libros al retrete, le importaba un bledo si tenía que descontarle a sus peones de su paupérrimo salario de un mes porque no fue al rancho y estaba enfermo, le importaba un pito si la hija del jefe de rancho estaba muy enferma y tuvo que faltar  “y para que vas tú, para eso está su mamá”. Siempre decía que el mejor remedio para alguna enfermedad viciosa es el trabajo. “Si no vienes a trabajar para qué te voy a pagar”, sin importar el porque ni los motivos, El Patrón creía justa la paga misérrima que daba a sus peones, como si fuera papel higiénico  desechaba las peticiones para un mejor pago de aquellos empleados que se lo solicitaban (con risas sardónicas y amenazas soterradas), se zurraba en todo aquel que venia a tocarle la puerta “yo sé como muevo mi rancho carajo”

Fidel había trabajado para el Patrón mucho tiempo, desde que vino de provincia, desde que EL Patrón aún no heredaba las tierras, desde que aún no había tantos caballos en el rancho ni la casa estaba tan construida como ahora. Él era un tipo bastante campechano, el mote que había traído de su natal Huancayo no se le había ido, de cabello corto y raya al costado, nariz aguileña, arrugas que se habían marcado con el tiempo y una siempre delgada y escuálida silueta. Fidel fue un fiel peón de su familia, les servia desde tiempos insospechados, todos conocían a Fidel porque si trabajabas para El Patrón era una ley universal conocerlo. Fidel había dejado de ser un simple peón para convertirse en el jefe de los peones, el superpeón, el gran peón, el maestro peón. Fidel era respetado por todos los peones del rancho, se había ganado su confianza a base de pulso. No le costó mucho porque él había estado en los dos frentes, había sido el más joven sirviente hasta llegar a donde estaba, un pequeño peldaño más arriba de los demás.

El Patrón sabía la importancia que tenía Fidel dentro de su rancho, no podía sacarlo aunque más de una vez se le pasó por la cabeza porque Fidel no era santo de su devoción, en realidad para El Patrón no había santo al cual le tenía que rezar, no creía en Dios “ir a misa es para los vagos que quieren perder tiempo”. No tenía amigos en el trabajo, compartía sonrisas fingidas e hipócritas, pero no sabías cuando algunos de esos mohines era verdadero, todos creían que su risa era un falsete, un espejismo, mas creíble era su forma de amargarse, cuando tenia una semana jodida, cuando venia y soltaba sapos y culebras por la boca y tiraba rayos por el culo, ahí era verdadero, ahí todos creían que era él, ahí todos sabían que era El Patrón.

Muchos chicos aprovechaban en días de celebración cuando El Patrón tomaba, porque le gustaba tomar tragos de más, para poder acercarse a él y tener por lo menos un intercambio de bromas, pero era algo irónico porque sabían que al día siguiente El Patrón ya no se acordaría de nada.

Todos también le tenían respeto a Fidel, porque Fidel aunque “amigo” era el mas chismoso de todo el rancho, El Patrón como sabia de sus recorridos por todas las tierras le encargó que le diga todo, todo aquello que alcanzaban sus ojos, todo aquello que escuchaban sus odios, Fidel estaba encantado de hacerlo porque siempre había un pago demás, monedas que en realidad no eran tantas, porque ya sabemos que El Patrón no era manirroto, y aunque aquello podía ocasionarle un disgusto eso de dar plata, él no daba nada a cambio de nada. Así que Fidel era el indicado para regar el chisme e inventarlos total lo importante era siempre decir algo.
Fidel se creía el intocable dentro del rancho, el que estaba detrás de él, pero en realidad (tan ensimismado en ese seudo-poder estaba) que no sabía que era un engranaje más en la maquina de hacer dinero de EL Patrón.

(..)

La avanzada edad del padre de Fidel hizo que caiga en una enfermedad complicada, ya las cartas estaban echadas para El Viejo, ya nada se podía hacer, el cáncer avanzó más rápido de lo esperado, los familiares ya se habían reunido en la precaria casa de provincia donde vivían los padres de Fidel, todos sentados alrededor de la sala, las señoras con sus manos entrelazadas colgando de ellas un rosario, un señor fumando en el filo de la puerta, todo ese ambiente era una gran sala de espera, donde todos esperaban el final, que era el único camino en el que tenia que acabar El Viejo. Todas los familiares ya estaba ahí, pero aún el viejo se resistía a su muerte, aun no quería irse, todos comentaban que estaba esperando a su hijo, Fidel.

(..)

Fidel, estaba dando vueltas a piscina del rancho, indicando a los peones que deberían ser más minuciosos al momento de limpiar, ¡Fidel una llamada! Se retira de la piscina y deja ordenes para dejar la piscina de El Patrón, limpia, pulcra, como a él le gustaba. Cuando alzo el auricular se escucho una voz un tanto entrecortada por la distancia, además der la congoja que hacía posar un nudo en la garganta de la mujer al otro lado de la línea. Era la hermana de Fidel, ¡El Viejo agoniza, vente pronto por favor! A Fidel la noticia le perforó el corazón, el mismo nudo en la garganta que parecía tener su hermana lo poseyó, los ojos rojos contenían esas lágrimas que silenciosas surcaban sus mejillas argentadas, agarraba con fuerza el auricular como si con ello pudiera detener ese camino final al que su padre había sido arrojado los últimos días.

Fidel quería salir disparado hacia su pueblo, pero no podía, había que rendirle cuentas a EL Patrón.

Todo el día busco conversar desesperadamente con EL Patrón, pero este parecía corrérsele, parecía que se le escapaba, parecía que sabía que Fidel le pediría permiso para irse y lo último que quería era dejarlo ir en plena época de cosecha, de apogeo. Por fin lo encontró, era una tarde de miércoles, El Patrón tenia el pecho mojado del sudor de tanto caminar por todo sus dominios, (El Patrón sudaba hasta por pensar), su hedor se dejaba traslucir entre las humedades de su camisa. Fidel aún con el nudo en la garganta le pido al El Patrón salir del Rancho para ir hasta su pueblo, El Patrón aun con la camisa sudada, lo miró sin atisbo de emoción, respiró hondo, cogió el mechón izquierdo de su cabello, simuló pensar un rato, serian tres días sin respaldo, lo siguió pensando, esta vez de verdad, y le dijo que NO, Fidel lo miró desconcertado, sin creer realmente lo que le había dicho ¿Sabía El Patrón? ¿Sabía que el viejo de Fidel moría muy lejos? Pero para todo eso El Patrón tenía una respuesta, y se lo dijo con la voz meliflua, como queriendo congraciarse, hacerle entender, y es que para él era innecesario darse todo un viaje para algo que era inevitable. Fidel seguía mirándolo con odio, el nudo se la garganta se le acentúo más, salió de su oficina y se fue a mezclar las lagrimas de cólera, odio y congoja con el cloro de la limpia y pulcra piscina.

Los siguientes días Fidel la pasó entre el trabajo y el teléfono, odiando a El Patrón, con pena por El Viejo, esperando el fin de semana y rezando, aunque nunca lo hacía, salvo casos contados, para que el viejo aguante hasta el sábado, día en el que Fidel podría llegar. El Patrón seguía su rutina, sudando como un puerco y trabajando, para llenar más sus bolsillos de billetes verdes, para llenar más sus arcas, para no tener que sacar lustre a su carro súper brilloso.

(…)

En la sala todos seguían rezando, no comprendían porque Fidel no llegaba, el mismo señor en el filo de la puerta fulminando sus pulmones por el humo del tabaco, la misma señora con el rosario en su mano, y los familiares que entraban y salían del cuarto del viejo. El viernes por la tarde el reloj se detuvo igual que el corazón del viejo, ahora los miembros de la sala estaba acompañados por el cajón de El Viejo, la sala estuvo llena de rezos, llantos, resignación y humo del señor que no dejaba de fumar al borde de la puerta.

Fidel metido en el baño lloraba la partida de su viejo, lloraba con rencor y odio, lloraba por que no pudo ver por ultima vez la mirada gastada de su padre, el sol caía y José ya quería partir del rancho. Ese día se cruzo más de una vez con El Patrón, se notaban claramente sus ojos llorosos, el resquebrajamiento de su alma. Antes de partir, escucha la voz ronca de El Patrón pronunciando su nombre, se dirigía hacia él y le da un abrazo escueto, contenido, dándole el pésame por la partida de su papá. José, hizo el ademán de abrazarlo, pero lo que quería era romperle la boca y colgarlo de los huevos, solo asintió y se secó la mano del sudor asqueroso que se impregno cuando rozo su espalda. Fidel se fue rápido, masticando el odio, El Patrón no tenia remordimiento, solo esperaba al día siguiente, día de más cosecha y de más billetes verdes.

Nadie menciono el tema, todos comentaban lo desgraciado que fue El Patrón, todos pensaban que de alguna forma lo pagaría, pero nadie sabía cómo.

A las tres semanas, el papá de El Patrón murió, un infarto le arrancó la vida repentinamente, Fidel sintió lastima mezclada con una satisfacción maliciosa, ese día nadie trabajó en el rancho.


domingo, 22 de septiembre de 2013

Rita la belle

Rita mira a los muchachos sentados alrededor de la mesa, ellos ríen y beben el licor que seguramente durará toda la noche. Tony, Gustavo, Renato, y Luis son amigos de toda la vida, crecieron jugando en el parque que los reunía todas las tardes, ahora alrededor de una mesa beben el licor que va y viene de un lado a otro, acompañados de la mujer que alguna vez estuvo con cada uno de ellos.

Rita siente cierta excitación de ver a aquellos chicos que en algún momento la desearon morbosamente. Sabe muy bien que no es muy guapa, pero siente cierta satisfacción de que aquellos muchachos, que se creen más bellos que ella, cayeran en sus redes, eso la dota de cierto poder, siente una sensación justo en la boca del estómago que fluye y acaba en la punta de sus pies. Ciertamente ella los escogió, ella quiso tenerlos, no al contrario, como seguramente presumen. Sabe muy bien que la tratan de puta, de perra, pero esboza una sonrisa maliciosa, porque ellos fueron más perros cuando la galopaban y recuerda como babeaban al momento de llegar.

Ellos hablan con soltura, Tony se aventura a preguntar, - dinos Rita, ¿Quien la tiene más grande?- tiene cierta obsesión sobre eso, Rita los mira haciendo un paneo por su rostros, luego responde – pues Renato- . Renato saca pecho, se siente el más macho de los machos, y mira por encima del hombro a sus amigos, “tengo el mimbro más grande” se repite en su cabeza, sus amigos lo desacreditan, pero ha hablado la mujer que los ha tenido y la autoridad la tiene ella.

Rita recuerda la vez que estuvo con Renato, fue en casa de Luis, en una de aquellas noches donde el licor y la hierba abundaban. Luego de mucho desenfreno ella se dirige al baño, al instante Renato la sigue y arremete con desesperación sobre ella, la puso de espaldas y ahí fue que lo sintió por primera vez -sin duda era el más grande-. Rita salió del baño algo adolorida con Renato visiblemente cansado de aquel batallar.

Tony llevaba la batuta de aquella reunión. Le volvió a preguntar - ¿Con quién fue que disfrutaste más?-, ella volvió a pensar y declaró con firmeza  -¡Con Roberto!- justo Roberto no pudo ir a aquella reunión en la casa de Tony y un asiento sobraba en aquella mesa. Quedaron sorprendidos, cada uno se creía absolutamente capaz de ser elegido, cada uno recordaba los gritos frenéticos de Rita. La siguiente pregunta cayó de madura  - ¿Y por qué Roberto?-  ella replica, -porque me ha besado todita-  ellos rieron sin contenerse, rieron sin medirlo, ella los miraba y sólo le quedó reír sin saber muy bien la razón.

Era sencillo, la manada de amigos creyó a Roberto el más idiota, creían firmemente que Rita era una mujer solo para poseer, sin rituales cursis de besos o abrazos, “esa perra solo sirve para cachar” eran las palabras más habituales de Luis, en realidad no había conversación en las que él no pronunciara “perra” o “cachar”.

Rita recordó aquella vez con Roberto. Ese día tomaban licor en la puerta de su casa junto a los demás chicos y de pronto sintió la mano de Roberto apretarle con fuerza la muñeca y arrastrarla rápidamente hacia su cuarto. Esa  desesperación con la que Roberto la desnudaba la excitó mucho más. Cuando se halló desnuda Roberto se dejó llevar y empezó a besarla de pies a cabeza, deteniéndose minuciosamente en las zonas que le procuraban más placer. Ella se sintió más deseada, ninguno de sus amigos le había hecho eso, ninguno ni si quiera se aproximó a besarla en la baja zona de su vientre, pero Roberto, - ¡Ay Roberto! - decía ella,  - ¡Sigue ahí! - . Él hizo lo que quizás estaba prohibido por sus amigos, ungió con sus labios el cuerpo de Rita para luego consumar el hecho. Rita quedó satisfecha como quizás nunca quedó con los otros, por eso lo escogía claramente y sin duda, para ella era el mejor.

En la mesa siguieron riendo, nadie concebía tal acto desprendido de Roberto, nadie había siquiera besado a Rita. Ella recibió las burlas sin inmutarse, ¿Por qué? ¿Para qué? No tenía sentido, eran solamente un grupo de muchachos arrebatados por el sexo y el licor que solo sabían hablar de sexo...los pobres.

La reunión llegaba a su fin con la luz del cielo despejado, Rita salió de la casa de Tony, esta vez no se acostó con ninguno y dejó tirados a los cuatro muchachos que aún no despertaban del letargo del licor.

(…)

Tú estás loco, yo nunca hice eso, tú crees que voy a besar a esa perra – vociferaba Roberto en la esquina de la cuadra donde se reunió días después con sus amigos. Ellos reían y se burlaban de lo que Rita les había dicho, de la verdadera razón por la que lo había escogido, - nadie habría hecho eso con ella, tú eres enfermo -. Siempre lo negó, nunca aceptó que esa noche, poseyó de todas las formas a Rita y no de la forma salvaje con la que sus amigos la habían hecho suya. Dentro de él una idea iba y venía, - fue el mejor polvo de mi vida – pero no lo diría, en el círculo de sus amigos la regla número uno era no quedar mal, había un marcado sentido de cuidar la imagen personal o de los que ellos creían que era eso.

(…)


- Ya me cansé de ellos, ya me canse de seguir deambulando y escuchar sus tontas conversaciones, de que me sigan llamando, pero esto es algo adictivo, me encanta sentir que puedo con todos, pero creo que ya debe acabar – el celular de Rita timbra un par de veces – Alo – Hola Rita soy Roberto.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Recuerdos imborrables

La Señora se sienta cómodamente en el sillón que se deteriora con el tiempo, tiene la mirada fija sobre la tenue luz de la mañana que entra por la rendija de la ventana del balcón. Atrás quedaron esos días en que despertaba al lado de su esposo y disfrutaba junto a él y sus hijos de lo cálido de un desayuno. Quedaron en el olvido los días en que salía rápidamente de su casa hacia el trabajo, cuidadosamente peinada con el cabello hacia atrás, sobriamente maquillada, con una falda que le llegaban a la rodilla y una blusa blanca impecable.

Su mirada no se aparta de aquella luz, son un poco más de las seis de la mañana y Sara, su hija, entra a su habitación. Llega con una bandeja roja, provista de una taza con chocolate, panes con mermelada de fresa y dos pastillas azules. La ayuda a comer con delicadeza, le acerca con cuidado la taza y el olor a chocolate de impregna en la habitación, aquel olor que años atrás se extendía por el salón de su trabajo y que siempre tomaba para comenzar bien la mañana. En seguida su hija le da las pastillas que la mantienen en la realidad, las causantes que aún sepa dónde está y quién es su familia. Deja el periódico en la mesa de noche, justo al costado de la foto de su padre, aun le duele su ausencia, -ya cuatro años de tu muerte papá - y sale de la habitación. La Señora lentamente recoge el diario y en primera plana esta la imagen del nuevo Papa, con una tierna sonrisa y sotana blanca saludando a todos los católicos que se dieron cita en el Vaticano. La imagen es acompañada de un gran titular, Habemus Papam. Recuerda con mucho esfuerzo aquella sotana blanca, recuerda haberla visto en algún lugar, trata de acordarse pero desiste a los minutos. Definitivamente ya olvidó cuando el cura José entraba todas las mañanas a su salón y conversaba con ella unos minutos para luego darle la bendición - Dios te bendiga hija, que tengas un buen día, ya me retiro, ya llegan tus angelitos -.

Mira fijamente la imagen del Papa, luego de un rato ya resignada al recuerdo voltea la página, sigue leyendo las demás noticias, ríe ligeramente con la sección de amenidades y deja caer el diario a un lado del sillón. Apoyándose y con dificultad logra ponerse de pie, su esbelta y regordete figura de antaño ha desaparecido, ha bajado bastantes kilos y su cabello ahora luce desordenado. Se dirige a su balcón, abre las ventanas, la luz del sol le fastidia un poco la visión y pasado unos segundos distingue la calle. Observa carros estacionados al costado de la acera, gente ir y venir, nadie la ve y se imagina invisible, le gusta juguetear con esa posibilidad, pero el juego termina cuando se da cuenta que dos muchachos que cruzan su calle la miran con detenimiento.

(…)

¿Crees que nos reconozca? – No creo, desde que perdió parcialmente la memoria el día que falleció su esposo ya no recuerda a la gente del colegio, ni siquiera al Padre Director José que era su gran amigo. – Si pues - Aunque cuando paso por acá creo que nos mira, quizás recuerde algo ¿no? – Es probable, algo se debe acordar, pero igual, creo que deberíamos saludarla.

Ellos se acercan al balcón donde se encuentra la Señora apoyada de la baranda y algo asustada los mira fijamente. Ya han pasado varios años desde que dejaron los salones de primaria, pero aun la recuerdan, como olvidar a la profesora. - Buenos días señorita -.

La Señora solo les sonríe.