jueves, 19 de marzo de 2009

Adios Candy

A veces no nos damos cuentan que están presentes, otras muchas veces jugamos con ellos y les conversamos obteniendo miradas que podemos traducir muy fácilmente en palabras por lo bien que los conocemos. Amigos intachables que siempre están contigo, nuestros mejores amigos.

Cuando recibí la noticia que ya no estaría conmigo, que se había ido, un nudo grueso se posó en mi garganta, mis ojos se tornaron rojos y las lagrimas cayeron sin pedir permiso, Candy se había ido, la perrita que nos acompaño por mas de diez años había decidido partir, complicada enfermedad la arrancó de nuestro lado.

Es curioso pero cuando nos preguntan cuantos son en tu familia siempre decía que éramos 6, mis tres hermanos, mis papas y yo, ahora sé que siempre estuve confundido, porque estos días comprobé que Candy tácitamente y en silencio siempre formó parte de mi familia. Veía la preocupación de mi mama y mis hermanas, las continuos llamados de mi hermano preguntando como estaba, mi amanecida para no dejarla sola una noche de malestar y cómo esos días todo giró por ella.

Mis lágrimas caían recordando cada pasaje que pasé con ella, recordaba como se alborotaba con mi alegría de chiquillo cuando ingresé a la universidad, como se alegraba cuando me asomaba por mi ventana y ella estaba ahí, cuando me acompañó teniendo el corazón destrozado y fumando un cigarro. Nunca me abandonó. Y esa noche cuando la vi mal, lo mínimo que pude hacer por ella fue no dejarla, la dejé en mi cuarto y la cuidé toda la noche.

Discúlpanos por no comprenderte en algunas cosas, por ejemplo hacer huecos tan hondos en el jardín, gracias por todo lo que nos diste. Por ser de nuestra familia, por alegrarnos los días, por alegrar cada ambiente de mi casa con tus desaforadas corridas, por engreírte con nosotros, por darnos tanto cariño sin necesidad de pedírtelo, por acompañarnos cuando en ocasiones nos quedábamos solos en la casa, por ahuyentar a los gatos, por jugar conmigo cuando la estancia en mi casa se tornaba insoportable.

Me tocó enterrarte en tu jardín, en tu casa, me tocó levantar su frío y duro cuerpo y dejar que descansaras de todo una trajinada vida, de votar macetas, de romper papeles, de hacer huecos en el jardín y de querernos como nadie. Mientras te dejaba en el jardin solo me metía la idea que estabas dormida, pero cada lagrima me decia que no, que MI CAMILIX se nos había ido.

Gracias Candy escribiendo estas líneas el nudo grueso en mi garganta aun no se desata, mis ojos siguen un tanto rojos, y otra vez las lágrimas no pidieron permiso, parte de mi familia y de lo que somos se va contigo. Siempre te recordaremos y siempre te vamos a querer.

martes, 10 de marzo de 2009

Viernes R.

Quedamos en salir ese mismo viernes, estaría en una noche juerguera la chica que varias veces me había quitado la respiración con sus provocativas minifaldas. De todas las que llevó siempre sentí una especial favoritismo por su minifalda ploma con una provocativa abertura al lado izquierdo que dejaba notar sus perfectas piernas de impacto. Al principio mis miradas las camuflaba pero luego decidí no esconder lo evidente, muchas veces en el día mis mirabas daban un giro de 180 grados hacia ella y creí conveniente decirle que su ir y venir muchas veces eran acompañados por mi mirada.

Luego de varias vueltas me encontraba sentado en la mesa con mi amigas S y B, también se encontraba P (un amigo de S que recién conocía) Estuvimos sumergidos en el bullicio del bar sintiendo una vez mas el sabor de la cerveza en mis labios Aun R no llegaba, después de uno y otra pregunta, de varios salud, varias risas, llegó, provista de una sonrisa y un provocativo y fulminante short. Después de salir de estado de coma pude sonreír y seguí tomando de la jarra de cerveza que aun seguía en la mesa.

Después de varios choques de copa pude soltar un poco más la lengua y le solté una que otra broma de las que suelo decirle. Era la primera vez que la veía en un ambiente muy distinto al habitual mientras la música seguía retumbando y las ganas de saltar cual resortes de nuestras sillas y empezar a bailar nos poseían poco a poco.

A la hora ya todos estábamos parados, bailando, con ella cruce uno que otro baile, sinuosas movimientos de sus caderas que yo acompañaba al ritmo de la música. Tenia libre acceso a su contorneada cintura, mientras que una mirada fulminaba cada movimiento que hacia con ella. P (el nuevo amigo que conocía) vigilaba con miradas esporádicas los movimientos de R, movimientos que me encantaron, movimientos que podían seguir sin trabas ni pausas. Fluía con cada música que bailaba con ella. Si digo que fui sin ninguna intención, mentiría. Cuando bailas y tienes un buen porcentaje de comprensión en el ritmo, suele ocurrir que las miradas se juntan, los cuerpos se acercan más y las ganas de no dejarlo en solo un baile te asaltan. Esa noche, esas ganas me tomaron por sorpresa.

En un intervalo de nuestro continuo baile P, algo avanzado en tragos empieza a contarme muchas cosas de su vida, que le va muy bien a base de esfuerzo y un montón de palabras que hoy se mezclan como sopa de letras y no logro recordar. Lo que si recuerdo es que me dijo la frase cliché que siempre he escuchado. Cuando menos lo esperas llega esa persona, lo mire extrañado, porque mantenía su mirada hacia alguien. Hablaba de R, la miraba como cuando vas de a pocos enamorándote de alguien.

Me decía que era una chica perfecta, y no solo hablaba de su físico sino que ella misma le gustaba. Por dentro me decía eso de que no habla de su físico es una falacia, y que era imposible que no se haya fijado en su físico, mi mas cruda forma de pensar me hace saber que todo entra por los ojos, primero me tiene que gustar y definitivamente R es una chica que no pasa desapercibida.

Pero ese discurso de que no hablo de su físico es el discurso de alguien que se encamina a la idealización enamoradiza hacia la señorita en cuestión.


Después de tal confesión y de verlo bailar salsa con R y ponerle tanto feeling al momento, mis planes de, quizás, tratar de atrasarlo sucumbieron. No era nadie para acallar los gritos de ME GUSTAS que salían de su corazón latiente a mil. Aunque aún quería bailar con R otra vez y moverme al ritmo de sus encantadoras curvas y propiciar algún evento desafortunado o afortunado, decidí irme y dejar la plaza libre, para que P, cual torero haga su mejor faena con la dama que ya le estaba quitando el habla.

Debo confesar que aunque se que P esta medio loquito por R, nunca podré quitarle la mirada cuando traiga esa minifalda ploma con esa pequeña abertura que me provoca una pequeña taquicardia.