miércoles, 7 de diciembre de 2011

Antípodas. Parte 2

La rutina de ambos sigue sin dar tregua, lunes, martes… viernes. En el trabajo las cosas anda sin sobresaltos, aunque anda tranquilo y puede derrochar el dinero que tiene y lo que no pudo en el pasado aún siente que ya hace las cosas por inercia, no se siente completo en el trabajo, siente que las cosas pueden virar, pueden dar un cambio, pero se cobija en el placentero amor por el dinero que a fin de mes le puede caer. A veces piensa que la vida tiene un tiempo límite y es mejor arriesgar que vivir instalado cómodamente en un asiento que ya detesta y en un ambiente que ya se torna un tanto tortuoso. Es viernes y después de un relajado día, decide ir a tomar a las calles de Miraflores, intenta llamar a unos amigos pero las llamadas no les resultan efectivas y decide embarcarse solo a tomar unos tragos con la idea de poder encontrar a alguien conocido. Nada como acabar la semana con una orquesta de cervezas y un mar de copas.

(…)
Fue un día de puras reuniones y coordinaciones. A veces su jefa no le da ninguna chance, aunque le gusta lo que hace siente que la carga de responsabilidades llena el costal que lleva sobre su espalda. La hora del almuerzo la relaja y junto a algunos de sus amigos que conoce desde la época universitaria se siente más protegida, como si la carga de ese costal que lleva la distribuyera entre ellos, aunque sabe que muchas veces eso no es posible. Las reuniones siguen y las programaciones de los viajes que hará la estresan más. Las horas pasan más rápido de lo esperado y las personas a su alrededor empiezan a ordenar sus pertenencias para poder disfrutar del viernes por la noche. Ella se recuesta en el respaldar de su asiento, estira su cuerpo y suelta un pequeño bostezo, ha finalizado el sinfín de reportes que se le habían acumulado empieza a ordenar sus files y dejar su escritorio vacío. Su jefa la ve guardando sus cosas y le propone darle una jalada en su auto, ella accede y le dice que la deje en Miraflores, piensa tomarse un trago con una amiga que también está en camino, nada como acabar la semana con un poco de licor y que los nervios se relajen con un buen Daikiri o quizás una Algarrobina.

(…)

Siempre que vengo a este bar encuentro a gente conocida, parece que toda la gente de la universidad hiciera una coordinación universal y todos en manada tomaran las calles de Miraflores. El bar tiene una luz tenue donde predomina la penumbra haciendo del bar un cómplice y aliado de la noche, los cuadros en las paredes te jalan la mirada y te hace doblar un poco la cabeza como descubriendo que te quiere decir, la amplitud de la barra te dan muchas ganas de posar tu humanidad y quedarte ahí siempre. Lo que le gusta del bar es esa sensación de que nada avanza con el tiempo, de que el bar es una gran máquina que no tiene un línea de tiempo definida, más bien un tiempo circular que se repite todas las noches. Cuando él va parece que todas sus noches anteriores estas impregnadas en el ambiente tenue del bar.

Primero se le acercó Adriansen, que siempre fue un pelotudo, siempre quería caer bien y trataba de encajar en cuanto grupo le daba bola, hasta ahora nadie le quita lo pelotudo que es se decía. Por otro lado también se le acercó Jóse, que desde siempre fue el trapeador de otra amiga, su títere y su compañía. Le hicieron algunas preguntas sin sentido, como por ejemplo la clásica pregunta cuando se ve a alguien sin compañía en la barra ¿has venido solo? Es obvio que estas solo y no es necesario repetírtelo, también él detesta la interrogante, pero sin embargo responde de otro modo No, estoy esperando a unos patas. Para qué decir lo que pasa a unos individuos que casi nunca se te cruzan, piensa, para qué llenar de información innecesario una conversación que ya quiere acabar. Jóse se retira dándole un apretón de manos y él alza su pequeña botella de cerveza dándole una mirada cuando se aleja.

La barra se va poblando de gente y él sigue sentado con su cuerpo encorvado pide otra cerveza, ya va por la quinta y empieza a voltear para cruzar miradas con alguna chica que al igual que él haya decidió salir sola esa noche. Aunque él sabe que eso es casi un imposible porque todas las mujeres no suelen salir a un bar solas, usualmente lo hacen acompañadas de alguna amiga, con esto sienten más resguardo, como que saben que es más difícil que un hombre se les pueda acercar y evitarse el modo de hacerlos alejar si es que no les agrada.

Da un paneo lento por toda el bar y no registra ninguna chica con la que pueda al menos conversar. Siempre ve a chicas acompañadas de otras haciendo un circulo casi impenetrable, él no es tan avezado en el ardid de la intentona con una chica, nunca lo fue, siempre supo que aunque no tenía una mala relación al momento de hablar con una mujer, carecía de esa concha que tienen algunas chicos de hablar con alguna chica desconocida en el bar. Intento miradas pero algunas fueron correspondidas con corto tiempo de duración y otras solo con segundos mínimos, eso no le bastaba para poder lanzarse al ruedo.

Cree que el tiempo en el bar se ha acabado y prefiere un lugar donde no sea extraño estar solo ni que haya preguntas sonsas ni respuestas protocolares.

(…)

Mejor no lo llamo, quiero estar solo con mi amiga, a veces necesitas ese espacio, aunque quería verme prefiero verlo mañana, aparte Silvia no se sentirá muy cómoda y no podrá hablarme de sus líos amorosos que tanto me entretienen. A veces quisiera estar en esos líos nuevamente, enamorarme otra vez, estar de un lado a otro, sentir que los chicos están detrás de ti, no tener esas limitaciones de no poder hacer ciertas cosas. A veces quiero salir con él, obviamente Oliver no sabe nada, aunque le he dicho que es mi ex enamorado y muchas cosas no podrá borrar del tiempo que tuvimos juntos.

Mira a través del vidrio y nuevamente, como en la mañana, vuelve a pensar en él, en que estará haciendo en querer llamarlo, lo hace, pero como siempre no contesta su celular, ya no lo intenta nuevamente, de seguro dejo sonar el celular a propósito. Ya no quiero atosigarlo, piensa. Camino a Miraflores su jefa conversa con ella, para variar, del trabajo, preguntando sobre ciertas reuniones y eventos, ella hace como si le interesada, pero la verdad ya quiere llegar pronto y olvidarse del trabajo al menos este fin de semana.

Llega a su destino, le da las gracias a su jefa y se apresura en bajar del auto. Camina una cuadra y justo en el lugar donde quedaron la ve a Mery, la amiga de toda la vida. Se confunden en un abrazo fuerte y un beso inmenso, son grandes amigas y desde siempre se han buscado para darse un respiro de la semana de trabajo, ahora ya con esta rutina que tienen las personas adultas, ambas piensan que era mejor antes cuando estaban en el colegio, cuando los fines de semana eran la extensión de los días que se veían en el colegio, las pijamadas donde conversaban sobre las cartitas que recibían de los chicos de otro salones o los quinceañeros que se aproximaban, ahora las cosas han cambiado, conversan de la estabilidad que desean tener en un trabajo y también con algún chico. Mery aún sigue buscando al hombre de su vida aunque en ese trance se da licencias con amigos, es un tanto más open mind y cuando a veces su instinto de mujer la asalta busca estar con alguno de los tres amigos que tiene en su lista. Estefany la escucha con agrado como viviendo sus mismas experiencias y quiere también tener amigos así, quizás que su ex enamorado sea un amigo con ese particular detalle, que este en su lista particular para que pueda contar con él, con su compañía, con sus palabras, con su sentido del humor, porque si hay algo que no ha encontrado en su actual enamorado es el sentido del humor que tenía Antonio.

Se dirigen al bar que es característico por su penumbra, entran y solo algunas luces hacen notar a algunos tipos. Unos sentados en una mesa, unos grupos más por allá, los amigos de la universidad y un chico solo en la barra tomando una cerveza.