lunes, 11 de octubre de 2010

2. Pía. Esto es lo que mereces.

Pía lo conoció en el matrimonio de un amigo, en una de esas salidas bochornosas que sus amigos concretan para ella con el afán de poner fin a tu soltería infinita. Sus amigas o estaban casadas o tenían sus bebes y Pía seguía quedando en el tintero, al borde, al filo de encontrar a alguien y al final no hacerlo. Mercedes, su amiga, había decidido hacer de Cupido y concreta con Pía ir al matrimonio en parejitas, ella ya le tenía listo una parejita.

Gustavo era amigo del esposo de Meche, Ingeniero Electrónico, el tipo no tenía el gran porte de Rubén, era más bien un tanto chiquito para la figura espigada de Pía, cabello con raya al costado, ojos un poco caídos y una sonrisa algo tonta. Coincidieron en el departamento de Meche y dispararon palabras rápidas, escuetas pero muy respetuosas. Gustavo a primera vista no era de agrado a Pía, ella fue tan cordial como siempre es, con risas a veces fingidas para quedar bien, conversaciones que no interesaban mucho, él dejaba claro constancia que la vida le estaba sonriendo y sus negocios iban viento en popa.
Sin llegar a gustarle físicamente le atraía esa convicción al hablar de sí mismo, le gusto ese tremendo Hyundai Tucson que se veía gigantesco al lado de su bocho del 87, le gustaba su terno Hugo Boss que le hacía crecer unos centímetros más a su resumida estatura y su voz gruesa y varonil cuando decía su nombre.

Pero lo que más inquietaba a Pía y agradaba era que Gustavo no había dejado de mirarla, cada vez que hablaban él inyectaba su mirada muy fuerte sobre sus ojos, ella sostenía un momento la mirada pero luego volteaba hacia otro lado, se avergonzaba. Gustavo quedó muy inquieto después de esa reunión, Pía le había gustado mucho, le había gustado bien, le encantó la noche que pasaron juntos, le gustó esa figura que tenía Pía, veía sin reparo sus largas piernas que para él no tenían un final pero que lo llevarían a la gloria, sus caderas y la timidez que ella mostraba. Las tímidas son las mas bravas, golpeaba esa frase enfermizamente en su cabeza.

Pía se proyectó, porque algo que hace Pía a estas alturas es proyectarse, es irse sin ninguna razón hacia el futuro, futuro y más futuro, no pisa freno, mete primera, segunda y no para hasta la quinta, y no deja de irse. Se había imaginado con él, había visto un flash en donde su vida transcurría tranquila, domada y sobretodo segura, asentada con Gustavo que le daría todo.
Gustavo no dudo en llamarla y salir con ella, después de un breve coqueteo por teléfono ella accedió

Vamos a donde tú quieras. Que deseas cenar
Bueno deseo comer pastas
Conozco un lugar perfecto
¿Si? ¿Cuál es?
A Don Vito
No lo conozco
Es perfecto, paso por ti a las 7
¿Mejor que sea a las 8?, ¿te parece?
Ok a las 8 espérame lista
Ok Un beso
Te doy dos mejor
Está bien Pía dejó escapar una risa coqueta.

Gustavo fue a recogerla y la veía mucha más alta, los tacos talla 9 hacia de Pía mucho mas espigada, más imponente y a Gustavo mas minúsculo y retaco. Más allá de minimizarlo lo agrandó, le agradó entrar a la tratoría con ella sosteniendo con disimulo su cintura y que los mozos lo miren de reojo.

El silencio del restaurant y la intimidad en que estuvieron los comprometía, los camuflaba, fue como si el ambiente agradable del lugar y Gustavo hubieran tenido una complicidad para encantar a Pía. Ella sonreía y coqueteaba con Gustavo, Gustavo sonreía y con disimulo miraba las contornadas piernas de Pía, más al fondo el mozo susurraba al oído con su compañero ya viste a Blanca Nieves con su enano.

El vino tinto rosado de Barbera que despedía olores de uva fina estaba delicioso, justo y adecuado para el momento. Pía se sonrojó y puso algo caliente producto del afrodisiaco vino, Gustavo estaba carreta y algo empilado.

Todo le salió excelente a Gustavo, la comida, el vino, todo había encantado a Pía, que dejando de lado el sube y baja que parecían cuando caminaban, se notó más accesible. Todo estuvo bien hasta que vino el mozo y le dejó la cuanta, Gustavo la miró, miró a Pía y le dijo el precio. Pía quedó algo consternada y sorprendida, Gustavo dejó la cuenta sobre la mesa y la arrimó hasta el centro, saco su billetera y puso unos billetes pagando la mitad, Pía miró los putañeros billetes que dejó Gustavo y lo miró con algo de rabia, quería decirle en su cara maldito enano no me estabas invitando, pero no lo hizo, solo atinó a sacar de su cartera el resto de billetes que completaba la cuenta.

Pía estaba muy amarga, todo lo mágico que había construido Gustavo esa noche, se habría quebrado como un cristal, se había destrozado. Pía es muy chapada a la antigua y aunque ha tratado de cambiar cuando vino a Lima, siempre le ha gustado que los chicos con los que sale sean los que paguen la cuenta, lo ve algo así como un gesto caballeroso y machista por lo que siente una extraña atracción.

Con ese bochornoso pasaje Pía dejó de contestar las llamadas, los mensajes de textos y los mails. Mientras más se escapaba Gustavo, Gustavo más insistía. Él se había dado cuenta lo que había hecho, se dio cuenta el instante que puso la cuenta en medio de la mesa, como se le cuadriculó la cara a Pía, pero ya no podía dar marcha atrás, tenía bien clara la frase que había escuchado a sus cavernícolas amigos de la UNI, si ya la metiste, muévete no más.

La insistencia de Gustavo hizo doblegar a Pía, bueno ya dale una oportunidad quizás se le fue, le decía su amiga, ella dudaba, pero finalmente contestó una llamada, Gustavo no tocó el tema, ya no había forma de tocarlo, sólo dijo las palabras correctas para invitar nuevamente a Pía a salir, dale Pía, vamos a comer, te juro que esta vez será diferente, y vaya que lo fue, todo fue perfecto y al final de la cena Gustavo tomó la cuenta y cubrió el integro de los gastos, pero sintió un vacio cuando vio que su dinero se alejaba, no había que darle vuelta, Gustavo era un tacaño de aquellos, un hombre codo, en el colegio solían decirle pingüino, porque sus manos no llegaban al bolsillo y en su época universitaria le había puesto ausencia, porque al momento de la chancha nunca lo encontrabas. Sintió nostalgia ver su dinero esfumarse, pero trato de no pensar en eso.

A la semana se fue de viaje al norte del país, se despidió de Pía y le prometió traerle algo. Pía extrañaba sus llamadas por la mañana, ahora que estaba lejos y en un trabajo que le quitaba más que la respiración, las llamadas se redujeron. Pasada la semana llamó a Pía y le dijo que le había traído algo, Pía se emocionó mucho, supo que dentro de toda su ajetreada semana laboral había hecho un espacio para engreírla con un regalo.

Sonó el timbre, era Gustavo, Pía fue rápidamente a abrir la puerta lo vio y se abrazaron, se habían extrañado, Pía esperaba un tanto ansiosa por la sorpresa, Gustavo sacó de su mochila un gran bolsa de chifles, miró a Pía sonriendo y le dijo, toma, esto es lo que mereces gracias por todo, a Pía se le cuadriculó la cara nuevamente y quiso aventar por la ventana al pigmeo maldito que le había dicho que todo lo que ella merece es una ridícula bolsa de chifles. Pía le dijo Gracias, y cogió su bolsa gigante de chifles, Gustavo entró al departamento de Pía como Pedro en su casa, a los minutos Pía con la sangre hirviendo le dijo que tenía mucho trabajo y que viniera luego, Gustavo se fue y Pía cerró la puerta y le hecho mil candados, maldito retaco asqueroso, vete a buscar otra estúpida Blancanieves que guste de chifles, imbécil.
Pía vio los chifles, los cogió y se las aventó a Dorotea, su gata, que merodeaba por la sala. Dorotea se acercó, lo olió, miró con desconfianza a Pía y se fue a su canasta.

Pía no contesto nunca más a Gustavo, por más insistente que se puso.

2 comentarios:

Lia dijo...

Jajajajaja me has hecho reir.
Escribes bien. =)
Lía

Lia dijo...

Jajajajaja me has hecho reir.
Escribes bien. =)
Lía